Clara Peña, viuda de profesión, descubrió que se puede volver a vivir
con el Yoga y la Poesía. Y eso fue lo que hizo siempre como directora
de la Carpa Sanitaria de Primeros Auxilios para el Alma: respirar y
recitar. Para enseñar a respirar cobraba, lo de la poesía era gratis.
Mas no recitaba a cualquiera, sólo recitaba a poetas mujeres y además
tenían que ser poetas famosas. Cuando le acercaban algún escrito con
un poema de alguna desconicida, lo guardaba pronunciando sólo cuatro
palabras: Es mejor que espere. Sus poetas preferidas eran Sor Juana
Inés de la Cruz, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, las buenas y escasas
traducciones de los poemas de Emily Dickinson, Santa Teresa de Jesús,
Delmira Agustini, Adelia Prado, Amelia Biagioni, un poema de Sylvia
Plath; dos, de Juana de Ibarbourou; también le gustaba recitar la obra
de Alejandra Pizarnik; recién comenzó a recitar los poemas de Wistawa
Symborska cuando la polaca se ganó el premio mayor de la lotería sueca.
Clara Peña para recitar mejor tenía que tener cubierto el pelo, ya fuera
con un simple pañuelo o con un sofisticado turbante. La prenda no
estaba relacionada directamente con el poema, según las malas lenguas,
este sistema le permitía ahorrar en peluquería. Decir bien un poema es
todo una ciencia, porque interviene la nemotécnica, el que sabe recitar
no lee, y es todo un arte, porque en esos instantes el que dice un poema
pasa a ser el poeta, el creador y la creación sólo es creible cuando no está
permitido el olvido. Dicho sea de paso, este soneto de Silvina Ocampo
era uno de los poemas que más le gustaba recitar a Clara Peña:
EL JABÓN
Habla una hija a su madre
"Con un jabón veteado verde y rosa
como de mármol suave con fragancia
me lavabas las manos en la infancia
en una palangana azul de loza.
Merecían mi fiebre la peciosa
atención que esperaba yo con ansia,
y el hábito ritual de tu constancia
mi devoción ya casi religiosa.
Debió ser humano ese jabón:
no en vano el agua ahora lo disuelve,
late en mis manos aún su corazón,
y en más amadas manos me devuelve
en su perfume y su papel de plata
esa íntima ternura que me mata."
La rata Clarita, como tantos otros en este mundo, nunca pudo entender
los mecanismos de la fama, acaso por eso mismo, se dedicó al Yoga y al
Autoconocimiento, actividades que practicó con entusiasmo junto a otras
terapias alternativas que a distintos precios y horarios eran ofrecidas en
la Carpa, llamada también, por el tema de la fría claridad de los precios,
"La Cosa Clara". De muy joven había leído, estudiado y abandonado la
Filosofía y las Letras, carreras que no tienen mucho sentido en un país
donde quienes piensan y escriben son subvencionados por el Estado.
Sin ser contadora, Clara Peña trabajaba en el Departamento Contable
de la compañía aseguradora que albergaba a Juanete y a sus audaces
instalaciones. El día que fueron inaugurados el Observatorio y la Carpa,
con la presencia de las cámaras de televisión que transmitieron el acto
para el programa "México loco" que era conducido por la bella y audaz
María Pura Batalla, ama de casa, periodista diurna y amante nocturna,
el acto lo comenzó Clara Peña recitando el poema "El alegre apocalipsis"
de la famosa poeta y enyista argentina Ivonne Bordelois:
EL ALEGRE APOCALIPSIS
"En el primer día
pasará el ángel que borra las motocicletas.
En el segundo día
pasará el ángel que apaga la televisión.
En el tercer día
pasará el ángel que arrasa los autos, los aviones y los barcos.
En el cuarto día
pasará el ángel que destruye los avisos comerciales.
En el quinto día
pasará el ángel que acalla las sirenas de ambulancias y bomberos.
En el sexto día
llegará el ángel del silencio:
sólo se oirán los árboles, el mar y las estrellas.
En el séptimo día
los hombres comenzarán a hablarse suavemente
cara a cara."
miércoles, 19 de noviembre de 2008
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