lunes, 24 de noviembre de 2008

Sigamos con la galería del arte latinoamericano. Del Perú, eligió una reproducción del cuadro "La lechera" de Mario Urteaga; el beso maternal de la obra le pareció más adecuado que alguna de las buenas obras de José Tola.


De Puerto Rico, escogió una reproducción de la serie "Quijotextos" de Antonio Martorell y no, alguna clásica pintura de José Campeche.


De la República Dominica, colgó una reproducción de "Tamborero" de Candido Bidó y ninguna de Guillo Pérez.


De Uruguay, se quedó con una reproducción de "Conposición en rojo blanco y negro" de Joaquín Torres García, creador del Universalismo Constructivo. Y a la espera de otra oportunidad quedaron las reproducciones de Pedro Figari, uno de los pintores más cotizados en el Río de la Plata.

Y por último, de Venezuela eligió una gigantografía de Héctor Poleo y no colgó nada de Armando Reverón, acaso el pintor más famoso del país de doña Bárbara, mítico personaje del escritor Rómulo Gallegos.

Colgadas todas las reproducciones del arte de América Latina, la
relacionadora pública repasó la lista de sus invitados diplomáticos. Eran
como veinte los consejeros culturales latinoamericanos a quienes les había
cursado una invitación manuscrita en tarjetas enviadas por correo postal.
Luego, reiteró su agrado por correo electrónico. Como habían sido muy
pocos los consejeros que habían respondido a las siglas R. S. V. P. unos
días antes de la fiesta, les envío a cada uno el "Pour mémoire". En el
sobre enviado por mano estaba su tarjeta y en su reverso, el lugar, fecha
y hora del encuentro. También en el sobre había algo más, era una
fotocopia a todo color de dos pasajes aéreos y una semana de estadía
pagada en Punta Cana para dos personas. Lo que no les informaba, era
que el regalo, un tiempo de palmeras en la playa de arenas doradas
y mar turquesa, sería sorteado entre los todos los consejeros culturales
convocados al ruidoso evento.
(...)
Está demás referir que la asistencia diplomática fue perfecta o casi, ya
que el único país que estuvo ausente con aviso fue Puerto Rico, cuyo
consejero envió un correo electrónico a último momento, donde se
disculpaba por no poder concurrir a la fiesta organizada por el Sr.
Juanete Camacho por razones de fuerza mayor.
La perdonable fuerza mayor pasó desapercibida ya que el virtual
ciudadano norteamericano rara vez asistía a los eventos de lo que él,
como tantos otros, llamaba "El patio de atrás" o "El patio trasero".
(...)
Para no entorpecer el factor sorpresa y evitar a cualquier precio el vil
acomodo de la suerte cambiando la caja, urna o buzón donde siempre se
depositan las entradas numeradas, a la hora maravillosa del sorteo, se
usó un sencillo florero de cerámica y de boca grande. Antes de recibir
los números, el florero fue volcado, exhibido y ventilado, hasta que lo
dejaron quieto, bajo buena luz, aislado sobre una mesa y bien a la vista
del público presente. Uno por uno, los bienaventurados veinte números
fueron depositados por orden. A la Argentina le tocó el Nº 1; a Bolivia,
el Nº 2 y así sucesivamente hasta llegar al 18 para Uruguay, el 19 para
Venezuela y sólo para romper el orden alfabético, el 20 para Puerto Rico.
En el momento crucial se le pidió a Miss Guadalajara que extrajera el
número ganador. De los parlantes salió un redoble de tambores...la mona
Mirtha, que tenía años de circo, hizo la cosa lo más transparente posible
y le dio un toque de suspenso al asunto cuando introdujo su brazo para
revolver lentamente todos los números depositados. Cuando la otra mano
femenina sacó un número, sólo intervino el azar, esa combinación casual
de destino y libre albedrío. Y fue así como salió sorteado el Nº 20, cifra
elegida por la diosa fortuna para que los dos pasajes aéreos y una
semana de estadía pagada en el de mejor hotel de Punta Cana
correspondieran al Consejero Cultural del único Estado Libre Asociado
en América latina que es Puerto Rico, cuyo consejero tal vez nunca se
enteró de la fiesta, si bien, fue tomado en cuenta casi con exageración,
ya que por arte de magia, el Nº 20 figuraba en los 20 números del
florero que tenía un doble fondo. El doblez artesanal estaba muy bien
confeccionado con tela y no mucho pegamento.

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